Llegamos en avión a San Salvador de Jujuy, y en un bus local hasta la ciudad de Humahuaca el 8 de noviembre. Los 3000 metros de altura me empezaron a afectar, algo que me ocurre siempre. ¡Es mejor dormir en Tilcara y aclimararse! Pero como el tiempo es escaso, tengo la manía de estirar el día hasta el máximo.

El sol del mediodía rodeaba una construcción colonial antigua que ahora funciona como parada de buses en Humahuaca y permanecimos un buen rato sentados bajo las viejas arcadas con los habitantes locales y sus cargas de textiles y productos.

Humahuaca es un pueblo grande y con mucha vida económica por su conexión con Bolivia. La gente va y viene cargada de productos por sus calles angostas y empedradas, tiene casas bajas de adobe que conservan la fisonomía histórica. Este viaje lo había programado con mucha anticipación, no se puede viajar en verano porque llueve, los ríos desbordan y los caminos se cierran.

Luego de un tiempo de espera, llegó Ariel, nuestro contacto y anfitrión. Nos habíamos mandado mensajes de WhatsApp, pero no nos conocíamos. Lo acompañamos a hacer las compras en el mercado local. Nos contó que aprovecharía ese viaje para reaprovisionarse con fruta fresca, alimentos y otros productos para sus vecinos.

Ariel nos advierte que el viaje será largo y realmente fue estresante: mucha altura, caminos con precipicios, niebla, animales sueltos. Al mismo tiempo, las vistas son increíbles, montañas nubladas como en El Señor de los Anillos, caminos interminables en zigzag faldeando las montañas por la Ruta Provincial 73 donde se destaca la Serranía del Hornocal, Abra de Zenta y Abra Azul.

Quedamos boquiabiertos desde su inicio y hasta el final. El paisaje hipnótico por las vistas, vertiginoso en sus vueltas y adrenalínico por los pocos centímetros que regularmente nos separaban de cientos de metros de impresionantes caídas. Ariel manejaba su camioneta en forma muy experimentada.

Por suerte teníamos suficiente Coca y los tres con la boca llena de hojas conversamos animadamente. Nos contó sobre su infancia en el pueblo, sobre su familia, que tenían animales y cultivaban en sus tierras, que hace años también era guía en la zona y que tenía una pequeña posada. Locuaz y sumamente informado, nos sentimos muy seguros durante todo el trayecto.

Ya entrada la tarde divisamos la entrada de Caspalá, un pueblo ubicado en un valle rodeado de montañas que parecían catedrales de piedra que llegaban hasta 4000 metros de altura, atravesado por un río. Estábamos en el Qhapaq Ñan (Camino del Inca).

Por su compromiso con la promoción y la conservación del patrimonio cultural y por su desarrollo turístico sustentable, este rincón del norte argentino fue seleccionado como uno de los Best Tourism Villages de la edición 2021. Entre sus calles empedradas y casas de adobe y piedra, se destaca la Iglesia Santa Rosa de Lima, construida en la década de 1840.

Cansados por el viaje, y algo mareados por las vueltas, descansamos en la casa de Ariel, que también funcionaba como posada para viajeros. Su esposa Claudia, nos ofreció un guiso que nos sentó excelente. Al día siguiente, recorrimos el pueblo con ella. Mientras cruzábamos el río por el único puente que había, nos contaba que las mujeres se hacen sus propios rebozos bordados, y se ofreció a prestarme uno para sacarme una foto vestida como las lugareñas. Los rebozos son piezas de sayeta que tiene colores brillantes y parecen a pequeñas capas más cortas que los ponchos; son utilizados por las mujeres del pueblo con bordados de flores propias del lugar.

Claudia nos enseñó algunas variedades de hierbas y flores nativas que se usan para teñir, para fines medicinales o en las comidas. Bajo nuestros pies había un camino de piedra de origen Inca. Los vecinos de Caspalá se ocupan de cuidarlo.

Cuando volvimos al pueblo Mateo se fue a caminar por el valle para ver los cultivos y los árboles junto al camino que conectaba las terrazas sembradas. Yo me fui directamente a conocer a Mirta, quien está a cargo de un grupo de bordadoras que se identifican bajo el nombre de Soldaque, una flor local.

La calle principal del pueblo tiene una construcción simple para que las artesanas exhiban sus piezas, las vendan y sea un punto de encuentro para bordar y charlar. Cada producto tiene el nombre de su artesana. Tuve la oportunidad de conocer a Facundina Primitiva, Mirta y su hija Fabiola, las tres generaciones de bordadoras. Aproveche al máximo el tiempo para conversar con ellas, admirar su trabajo y aprender sobre sus técnicas. Mirta me dio una clase completa, pero era realmente difícil. Tienen una técnica compleja, pues primero dibujan la flor con mucho detalle. Luego eligen y combinan los colores con talento artístico de modo que ambas caras de la tela quedan idénticas; es difícil distinguir el derecho del revés.

Como en toda charla de mujeres, nos contamos todo lo que pudimos sobre nuestras vidas y familias, con fotos, videos y algo de música, paso el tiempo rápido. Hay aproximadamente 300 personas que viven en Caspalá, con sus cultivos y animales. Están ansiosos por recibir turistas y para eso se están preparando.

Ya llegado el atardecer disfrutamos la tranquilidad del valle observando como los hombres trabajaban una terraza para cultivar papas junto al río. Otra vez cenamos en lo de Ariel y Claudia una rica comida, y temprano fuimos a dormir, lamentablemente al día siguiente debíamos partir de regreso. Nos fuimos temprano, esta vez nos acompañaron Claudia y una de sus hijas, el viaje pasó más rápido de lo que deseábamos, y cuando nos despedimos fue con calurosos saludos y un esperanzado “hasta la próxima”.